Usted, que está tan metido en las redes
sociales, viendo memes, discutiendo con feministas o si por otro lado está más
esclavizado en un trabajo que odia y se gasta la quincena en drogas y alcohol,
que no se atreve a permitirse unos momentos de distracción literaria; usted,
que piensas que la vida no tiene nada que ver con la imaginación, la
creatividad y la aventura; estos relatos no son para usted.
Cierre la pestaña de su navegador,
siga escuchando trap o reggaetón, y
siga chismoseando las pendejadas que la gente monta en Facebook o Instagram.
Los personajes que aquí escribo se
visten en un estudio de contrastes. Algunos cómicos, otros aventureros, otros
personificando gigolós por accidente.
Todos son un reflejo de lo como yo me vería personificado en cada una de sus
aventuras. Así como algún anónimo que relata su existencialismo estúpido en
monólogos de papel higiénico mientras lee el horóscopo sentado en el baño, o
experimentar en la piel del narrador desventuras sexuales por la ciudad, como
vivir las aventuras de un profesor de historia y literatura en la primera mitad
del siglo XX.
Este país no es el país de las hadas.
¿Cuál es, entonces? Son mis fantasías, y pertenece a esa clase que, cuando se canse
de leerlas, ¡boom!, cierre la pestaña del navegador, y vuelve a su vida
cotidiana y sin haber sufrido ningún daño. Si se decide a explorar, hágalo bajo
su propia responsabilidad. Recuerde el dicho guerra avisada no mata soldado.
¡Empelicúlese pues!
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